sábado, 20 de junio de 2009

Las Grutas

“Barcos” Electrografía digital de Luis Makianich, Buenos Aires, 1999

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Cuando la aniquilación final se produjo lo primero que le vino a la mente fue hacerse a la mar. En ese momento Jonás pensó que su vida no cambiaría demasiado, puesto que desde que perdió a su familia se había vuelto un ermitaño y de hecho estuvo viviendo en esa vieja embarcación por casi seis años. ¿Qué tan lejos debía navegar para alejarse de ese terrible recuerdo? Desde que descubrió que es inmune decidió abandonarse tanto física como mentalmente al libre albedrío de Quien lo ha puesto en ese padecimiento. El estado de su navío también deja mucho que desear y él jamás ha realizado un viaje más allá del faro, pero esta vez el horizonte lo tienta con promesas de hostilidad, y eso es exactamente lo que su resentimiento necesita.

Con la tormenta incipiente Jonás se interna en el mar de su desesperanza con rumbo a la ideal soledad, la que le confiera el anticuerpo al virus de su memoria, que le otorgó su inextinguible desapego a la vida. Los nubarrones se confunden con la noche y la luna emerge victoriosa mofándose de su ironía. Él entiende que es otra broma del destino, que parece no presentarse aún, pero las cartas están echadas y no hay vuelta atrás. La calma marina invoca a Jonás a meditar sobre qué dirección tomar. La cuestión es… ¿en qué lugar de un mundo deshabitado se hará sentir menos la soledad? Una brisa orienta su cabello indicándole el curso a tomar. Súbitamente despliega las velas y pone proa al Sur. Su corazón late en el Golfo de San Matías, y lo puede oír desde ahí. “La costa Patagónica siempre estuvo en soledad”, pensó…”y no notaré la diferencia”.

Las imágenes de horror que vivió estos últimos años lo llevan a dormir de día y avanzar de noche, como lo ha estado haciendo desde entonces. Se acostumbró a desafiar la oscuridad por no alimentar sus ojos con esa visión de espanto que le imponen las mañanas, y se niega a repetir el horrible suceso en su mente cíclicamente hasta que lo vence el sueño. El ron ahora no es una solución ni un problema, puesto que ya no le queda más. Solo el suave ondular del bote meciéndose sobre la cuna del mar lo mantiene en paz consigo mismo. Gradualmente el rechinar del casco se acelera a medida que crece su oscilación, en contrapunto con los bajos sonidos de una incipiente tormenta. Jonás sube rápidamente a cubierta a replegar las velas y tomar el timón, como invitándola a pelear, pero luego recapacita y comprende que su destino ha llegado, y simplemente abandona el timón para subir a lo más alto del palo mayor a esperar que su suerte ponga fin a su eterna agonía. Como un gigante enfurecido el cielo se inclina a embestirlo y con las olas como brazos sacude la pequeña embarcación como a un niño malcriado, provocando que Jonás caiga sobre cubierta perdiendo el conocimiento. Al amainar la tormenta el velero virtualmente destruido aparece hincado entre otros pocos barcos en ruinas en el viejo puerto abandonado de La Bahía de San Antonio, con el cuerpo tendido boca abajo de Jonás en cubierta, aún desvanecido. Un corpulento cangrejo recorre su cuerpo hurgando entre las algas que afloran de su camisa para luego alejarse hacia la barandilla semi destruida de la embarcación, que le sirve de rampa de evacuación hacia el lecho arenoso de la bajamar.

Algunas horas después, Jonás siente un pinchazo en su espalda y abre los ojos. El sol del atardecer le da la bienvenida sacudiendo sus pestañas y frunciendo sus párpados, hasta abrirlos completamente. La sombra de la cabeza de un niño le cubre la cara, con lo que se incorpora rápidamente y protegiendo del sol sus ojos con la palma de una mano logra ver que son varios los chicos que lo rodean y estos se apartan asustados al ver su pronta reincorporación.

-“¡Hola!”(Dice Jonás como en un acto reflejo).

Los niños revolotean a su alrededor gimiendo y gesticulando su asombro sin pronunciar palabra alguna. El decide sentarse sobre un escalón de cubierta para no intimidar a sus descubridores debido a su altura, e intenta comunicarse con ellos nuevamente, con voz suave y gestos aplacadores.

-“Me llamo Jonás”, (intenta mirando al mayor de ellos, que es desgarbado de apenas unos diez años de edad.)

-“Jon aas…” (Repite el chico con dificultad para pronunciar y manifestando no comprender las mínimas reglas de educación).

-“Donde están sus mayores…” (Insiste con la esperanza de tener alguna respuesta racional, aunque no lo consigue). Luego revisa una a una las caras sucias de los chicos cuando súbitamente la embarcación se mueve en forma brusca provocada por el primer oleaje de la marea alta, haciendo tambalear a todos y motivando que los chicos huyan hacia todas partes gritando palabras sueltas de un idioma desconocido. Jonás se queda mirándolos correr con cierta nostalgia, quizás invocando algún recuerdo familiar de aquellos de la buena época, de los que ya casi había olvidado, en tanto que el resto de los barcos varados en las llanuras intermareales de la bahía, comienzan su danza de mástiles y reflejos alabando al Dios que inunda al puerto en pleamar hasta que el milagro del atardecer culmina su obertura al plácido segundo acto de la noche.

Luego de reacondicionar mínimamente los restos de su barco y su cuerpo, Jonás se recuesta en cubierta a contemplar la sinfonía de luz y color provocada por el banco de caracoles ubicados en el brazo este de la bahía, a contraluz de los mástiles de los barcos, ahora erguidos como la batuta del director de orquesta, ansioso de comenzar su ópera. Destellos de diez mil colores se filtran entre las grietas de la madera quemada proyectando sus velas fantasma, que alguna vez fueron viento. La cabeza de Jonás no deja de imaginar que fue de sus tripulantes, pero en un intento desesperado por olvidar pretende no interesarse. Aunque no lo deseaba, la música de color que emerge del fosforo de las caracolas, lo embriaga lo suficiente como para zambullirse y flotar por entre los cascos destruidos hasta ingresar en el camarín de uno de los veleros. La oscuridad del interior es matizada por el espectro de luz que se cuela por las gruesas fisuras del casco, como un humo fantasmal bajo el agua que revive lo acontecido antes de acaecer el desastre. Gran parte de lo que ocurrió, él puede reconstruirlo atando cabos con lo que tuvo que vivir en su tierra. Allá también se quemaron las naves entrantes hace poco más de un lustro con el único propósito de impedir la llegada de nuevas pestes, cuando el virus mutó en una inimaginable cantidad de variantes. Cada tanto emerge la cabeza para respirar y sus lagrimales permanecen ahogados en la angustia de recordar los gritos de los inmigrantes devorados por las llamas, aunque el agua salada pretenda ocultarlo. Su memoria no quiere hacerlo, pero su cuerpo sigue las directivas de su morbosa curiosidad y se dirige a otro barco en busca de alguna respuesta a sus contradicciones. ¿Por qué no había cuerpos ahogados, o incinerados como solía haber en Buenos Aires? ¿Quién los había sacado de ahí y con qué objeto? ¿Esos chicos están solos aquí…? Tal vez esa sea la respuesta a su falta de dicción y educación y tal vez por esa misma razón lucen tan desarrapados Su curiosidad pudo más y decidió volver a su barco y conseguir una linterna para buscar a los intrigantes niños, pero cuando aborda, descubre que el casco estaba dañado y hacia agua, con lo que no podría pasar la noche en él. Toma algunas cosas del camarote para hacer fuego, y una precaria tienda de campaña con el bote auto inflable y desembarca, dejando a su casa hundiéndose para siempre.

Con la linterna en la mano se dirige a pie hasta la playa buscando algún indicio de vida, pero sin alejarse de la orilla, puesto que no se atreve a internarse en un despoblado al que no le conoce su historia. Luego de una hora de caminata descubre Las Grutas de San Antonio Oeste, que se encuentran salvando el risco entre las playas y la villa. Jonás está cansado para volver por su tienda y siente que las grutas es un buen lugar para pasar la noche y decide internarse en busca de cobijo, hasta que la luz del día le permita seguir con su búsqueda.

El resplandor del banco de caracoles ilumina la entrada de la gruta principal, por lo que Jonás decide apagar la linterna en son de ahorrar el consumo de baterías e internarse en ella guiado por el reflejo considerando que solo necesita penetrar un poco para protegerse de la noche. Tan sólo consigue conciliar el sueño por un par de horas debido a que es su costumbre dormir durante el día y la razón de su cansancio fue el desafortunado viaje hasta encallar en la bahía. Pero tampoco lo deja dormir su curiosidad, así que sale de la cueva para procurarse una antorcha que arma con algo de hierba y unas ramas secas que encuentra en la boca de las grutas. Así empieza su expedición internándose al abrigo de las llamas que dibujan su ansiedad en las paredes rocosas. Apenas camina un par de minutos a paso adormecido, cuando encuentra un sector del túnel que fue aparentemente sellado con rocas sueltas y algo de argamasa. Intenta mover algunas piedras para abrir un hueco, cuando siente un rugido desde el interior que lo asusta y hace que resbale entre las rocas. Desde el piso logra ver algunas fisuras en el techo de la caverna que dejan entrar la tenue luz del cielo, por lo que decide volver de día y probar de nuevo en la claridad.

Jonás vuelve a la entrada de la gruta para acostarse y dormir, considerando que en la mañana deberá buscar a los niños así como averiguar que misterio encierra la cueva tapiada. Se pregunta si habría otros sobrevivientes adultos, aunque sospecha que no, por la apariencia cuasi animal de los chicos que ha conocido esa tarde y cómo han sobrevivido si seguramente tenían tres o cuatro años cuando la humanidad se extinguió. Pero lo que más le preocupa, es comprender qué sentido tiene su propia vida en un mundo acabado para el ser humano.

El amanecer describe a la bahía como una hermosa mujer desnuda en su piel de arena, donde debiera haber agua. Jonás despierta asombrado por la ausencia de la masa acuática desde el desértico horizonte hasta la boca de las grutas, donde él se encuentra y se incorpora atónito ante tan mágica escena. Da unos pasos por la inmensa playa hasta tomar conciencia de que no es un sueño y que el mar, sencillamente se fue, dejando a San Antonio aislado en arena del mundo acuático. Repentinamente empieza a formarse como un espejismo, en el horizonte de arena una gran ola de pájaros migratorios que avanzan en forma amenazante hacia la costa desértica donde se encuentra Jonás. El cielo se oscurece como con una nube formada por miles de alas agitándose al unísono en tanto que la arena de la bahía cambia su color gradualmente desde el horizonte dorado a la azul gloria de la pleamar, terminando en la orilla con un hermoso ribete de encaje espumoso. El mar ha vuelto.

Ya en la playa, las gaviotas revolotean confundidas en múltiples direcciones hasta encontrar el rumbo hacia la gruta mayor, que consiste en dos cavernas de grandes dimensiones que se comunican entre sí en el interior del acantilado. Jonás decide seguirlas para ver el particular accidente geográfico con luz diurna cuando descubre un centenar de cadáveres humanos destrozados por aves y animales que se zambullen en un banquete de ensueño y glamur. Al ver esto intenta vomitar lo que no ha comido, debido al ajetreado día anterior y se arroja al suelo tomándose el estómago con ambas manos. Al ponerse de pie, se apoya en una de las paredes rocosas de la gruta y observa casi con sadismo un grupo de perros salvajes destrozando lo que queda de una osamenta cuando uno de ellos lo mira amenazante y empieza a gruñirle, al tiempo que se le suma el resto de la jauría. Por un instante, Jonás piensa en escapar hacia la playa, pero recapacita y comprende que en el llano sería presa fácil de las fieras, y decide escalar las paredes de la gruta, pensando que así no lograrían alcanzarlo, pero uno de ellos consigue hacerlo y muerde su pié ferozmente haciendo que sangre mucho, cuando Jonás alcanza a tomar una piedra suelta de uno de los escalones del muro y golpea al perro en la cabeza, haciéndolo desbarrancarse. El resto de los animales continúa gruñendo desde abajo, pero el incidente logra desalentarlos y pronto abandonan la cacería cuando empiezan a competir por las presas del compañero herido. Jonás completa el ascenso y desde la cumbre puede ver otra jauría de perros viejos recostada en la hierba, cuidando al pequeño grupo de niños de ambos sexos en torno a una fogata, que juegan alegres a estar vivos.

Jonás permanece oculto entre las rocas contemplando la escena por varias horas, tratando de comprender cuál será el destino de este nuevo orden de vida, en convivencia con la naturaleza y habiendo perdido toda ganancia intelectual y cultural lograda a través de los tiempos, donde el hombre fue el rey de la creación. A través de los gestos de los chicos y la mirada de los viejos animales, pudo asimilar que estos últimos, que fueron en otro tiempo las mascotas familiares, se constituyeron en guardianes de la salud de los niños cuando la humanidad concluyó su ciclo para luego convertirse en sus criadores.

Hay un solo elemento que lo desconcierta, y que constituye quizás lo que marcó la diferencia entre el hombre y el resto de la naturaleza… El fuego. Aquel que los protege, que los abriga y purifica lo que ingieren.

Pronto se percata de que la próxima bajamar está por comenzar y se escabulle por la playa hasta su barco, para poder rescatar algunas cosas del compartimiento hasta ahora sumergido y el bote inflable que le permitirá volver a su último mundo conocido, el que él mismo se había fabricado con algunos recuerdos y un vaso con ron.

Su pie herido le impide caminar normalmente por lo que se demora un poco más de lo esperado en llegar al barco hundido en la arena, y para cuando llega descubre a los chicos incendiándolo en un ruidoso juego macabro de salvación. Jonás se desespera y corre a los saltos sobre su pie sano, gritándoles obscenidades a los malcriados niños, cuando tropieza y cae a sus pies, en un ataque de pánico y estupor. Desde el suelo de arena, contempla la mirada ingenua de esos pobres animalitos, que lo rodean lentamente y se pregunta cuál sería la razón por la que él habría sido elegido para sobrevivir en este mundo salvaje… En ese momento lo pudo ver por el cambio en los ojos de los cachorritos y fundamentalmente en sus afilados dientes, cuando uno de ellos le arroja alcohol de quemar sobre su ropa y una antorcha encendida le cuenta la historia que se escribirá.

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