martes, 23 de junio de 2009

La Fuente

“La fuente” Electrografía de Luis Makianich, California 2009

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El río explora la belleza de su cuerpo femenino, imitando sus movimientos con un canto sinusoidal. Su danza hace una sutil reverencia a uno y otro lado descendiendo a saltos desde el cielo a la profundidad rocosa, donde la fuente apaga la sed de su juventud. Un rayo de luz se cuela entre las piedras y el reflejo de su propia virtualidad, dibujando en las paredes de la gruta la imagen del sueño que alguna vez tuvo al verla reflejarse en él. Ella se sumerge invitando al agua a imaginar amarla, y abanica sus brazos acariciando el líquido cuerpo de su amado, que la sostiene ingrávida en su perfume ausente. Su cabello juega con sus onduladas formas a pincel y tinta en su página blanca, coloreando su musa de imaginario canto y desafiando el vuelo del ave migrante. El riachuelo es consciente de su elección pasada cuando un soplo de vida la acarició en su espalda, olvidándola hermosa en su madurez temprana mientras su amor la esperaba en su acostumbrada estancia, presurosa de amor en su tardía avaricia y ausente de pena en esa encrucijada. Cada baño es un sueño de su vida pasada, que comparte con él, su bienaventurado amante, quién descansa en el lecho de sus dulces memorias, vírgenes de llanto y doloroso encanto. El río le muestra su angustia y su rabia, mordiendo a las rocas en cada descarga que fluye desde el ayer lejano hasta su día temprano, sacudiendo su cuerpo con irascible estruendo, arrebatándole el sueño al agua mansa de su adolescente sosiego. Ella acepta el reproche de su ancestral amado, que se convirtió en olvido cuando la fuente le propuso el juego de sentirse una mujer indeleble. Ella vive por siempre su belleza inmutable y a él lo convirtió en agua para acompañar su idilio vertiendo sus cenizas fúnebres en el cauce manso, que danzará por siempre acariciando la figura que lo condenó a servirlo eternamente esclavo. Hoy el torrente castiga su atroz amor mezquino secando por fin el fluido llanto que por años embelleció el estuario de su forma inmaculada y la fuente que alguna vez fue fiesta, hoy se convirtió en el entierro de los cuerpos de su amada y el lecho de un río seco.


domingo, 21 de junio de 2009

Virtualidad

“Adán y Eva en el Ciberespacio” Electrografía de Luis Makianich, 2009

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Esta mañana se levantó decidida a rediseñar su perfil. Luego de ducharse contempla su cuerpo desnudo frente al espejo y determinada a acabar con toda evidencia de la mujer que fue, rocía con aerosol todos los cristales reflejantes de la casa. Cubre su cuerpo con una playera y se prepara el desayuno mientras medita sobre algunos aspectos de su nuevo yo. Abre la licuadora e introduce cada pieza de fruta combinada con una determinada idea para su nueva configuración. Esta vez el batido debe resultar perfecto y su nuevo ser…Exquisito. Vuelca el contenido de su imaginación en un gran vaso y lo lleva consigo hasta el escritorio, donde se encuentra la computadora. Mientras la enciende lleva el recipiente a su boca y bebe un sorbo de su propio diseño como para apropiarse de su espíritu y comienza a construir su mentira virtual.

Apoya las yemas de sus dedos sobre una tabla digitalizadora y un rayo de luz emerge desde el centro de su escritorio, sosteniendo una diminuta figura tridimensional de mujer suspendida en él. Conforme mueve sus manos la efigie gira y se transforma como si modelase en barro su propio cuerpo. Una voz electrónica se escucha preguntando:-“¿Nombre...?” – ella saca un libro de uno de los cajones del escritorio y lo abre al azar para luego tipiar: “Meryl” y luego repetir en voz alta para escuchar por si misma su nuevo nombre:-“Meryl…sí, creo que es apropiado”.

En los siguientes minutos Meryl amasa la figura flotante hasta complacer sus expectativas para luego concentrarse en su cabeza, que ahora es amplificada casi a tamaño natural por su computadora. Como si se maquillara da forma a su imagen haciendo y deshaciendo conforme su humor le imprime deseos hasta que por fin el modelo resulta de su agrado. Vuelve al tamaño inicial y lo observa girar hasta que su cuerpo desnudo llena de alegría su alma. Pasa varias horas probándole vestidos de los catálogos más prestigiosos del mundo, que tiene a su mano gracias a la red, disfrutando cada instante como una niña con su muñeca, ensayando frases sugeridas para diferentes ocasiones, hasta quedarse dormida en el instante en que sus manos se separan de la tabla y su sueño se esfuma en el aire.

Al despertarse a la mañana siguiente, descubre que durante la noche su mente siguió configurando los distintos pasajes de su vida, con las nuevas características de su personalidad y que ahora sí, estaba lista para salir al mundo; ensayar su nueva historia que le depare un nuevo futuro; un nuevo día, nueva vida.

Con sus nuevas armas se introduce en la guerra por el amor soñado, participando en un grupo de conversación de los tantos que pudo elegir en el interminable ciberespacio. Meryl desplaza todo su encanto en un escenario virtual compartido por una docena de personas de ambos sexos y excelente predisposición a la batalla. Los temas que se abordan son variados y pronto el grupo se va sectorizando por decantación de la diversidad de afinidades hasta que el suyo se reduce a un triángulo cuyo vértice más alto es Elías, y su competidora es Cintia. El trío pasa a un nuevo y más reducido escenario donde pueden apreciarse de cuerpo entero suspendidos sobre la superficie de sus respectivos escritorios con una esfera de entorno proyectado como sala de reunión. Los tres se encuentran ataviados conforme la ocasión pero algo de superficialidad se nota en su conversación pese a que todos cuentan con la ayuda de algún programa que supla su evidente falta de intelectualidad. Elías narra sus aventuras como cazador en África mientras Cintia lo escucha con idolatría, lo que provoca que Meryl se muera de aburrimiento. No tarda en desconectarse del aparato y lo intenta nuevamente con otro grupo, hasta que comprende que su propia apariencia la induce indefectiblemente a caer en el mismo tipo de situaciones una y otra vez. Cambia de Nombre y de personalidad tantas veces como su deseo de amar se lo pide, y ahora es Rosa, como otras veces fue Carmen, Elvira o Cleo; Pero esta vez algo parece ser diferente. Por primera vez es deseada por alguien a quien ella le corresponde; y no hay una tercera mujer en discordia. Sus palabras se entrecruzan en el espacio cibernético formando frases que parecieran salir de uno u otro en forma indistinta y finalmente, Rosa cree haber encontrado una mentira eficaz que la conduzca al amor de su vida; que siente y piensa como ella desea y seguramente podrán ser felices por siempre en el ciberespacio, hasta que Andrés pronuncia una frase que la deja pensando:-“Uno no es lo que es, sino quién pretende ser…”

Rosa se siente un poco perturbada y se queda sin palabras, por lo que deja por un momento a Andrés y se dirige al sanitario. Por su cabeza pasaron nuevas interrogantes acerca de su amado y de sí misma. ¿Él es quien ella cree que es? Cómo saberlo, si toda su relación se construyó sobre fantasías. ¿Cómo pensar en que Andrés la ame como ella es, si ni Rosa misma lo sabe? Pensando esto rompe en llanto y enjuaga su cara en el lavabo para borrar la última huella de su dolor. Dirige su mirada al espejo y descubre que éste aún se encuentra opacado con aerosol y no le devuelve su reflejo. Pasa su mano por el cristal y advierte con sorpresa que su apariencia no difiere de su actual aspecto virtual y en su bata puede leer la inscripción…”Rosa”.

Rosa termina de acomodarse el cabello, y deja caer su salto de cama al piso descubriendo su cuerpo por completo; Se mira al espejo girando levemente a uno y otro lado y con una sonrisa de satisfacción se dirige al encuentro de su amado, que la espera impaciente en su mundo virtual.

Un vuelo al desasosiego

“Desasosiego” Electrografía Digital, Luis makianich, 2009

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La velocidad es como un bálsamo para mi pasado. Me siento aturdido de mis desvelos por el tiempo que ha pasado desde que lo abandoné todo. Estoy en la cabina de un jet, comandando mi vida por primera vez, haciendo de mi futuro un pretérito de cielo que me estalle en el rostro en cada instante de mi aliento. Mi existencia es líquida en estado de transformación constante hacia lo etéreo. Dejando mi pasado atrás pretendo no saber qué fue de mí, borrando con mi estela gaseosa los recuerdos hasta hoy sólidos. La mente me cierra hacia el presente de mi parabrisas, ávido de vida que devora la sustancia de lo que va a venir en un tiempo tan instantáneo como mi acelerador se lo propone. Mis alas, como la extensión de mis hombros quiebran el aire de la respiración de mi pasado, para impedirle la vida a mi memoria, que me persigue muy cerca. La consola de instrumentos me sugiere atemperar la aceleración, pero mis sentidos están enfrascados en una misión atroz, que da vueltas en mi cabeza hasta convertirse en un huracán, que atrapa los sedimentos de mi vida pasada, mezclándolos hasta fusionarlos en un único cuerpo del delito, que pueda ocultar en mi equipaje.

El horizonte es tan lejano como mi altitud, y ambos son cómplices de mi sosiego. Decido en consecuencia volar bajo, para acentuar la sensación de velocidad. Al pasar por la barrera de nubes me siento cobijado de todo recuerdo insano que me perturba. Me agrada esa sensación. Es como empezar de nuevo con mi vida, como un recién nacido a la aventura de volar, sin prejuicios ni ataduras. Sin temor a lo desconocido por no saber de nada y sin pena por ignorar padecimientos. La sensación me estimula a la premura y la avidez por conocer lo que vendrá me vuelve a la locura. Acelero.

Las nubes desaparecen en un flash y una densa arboleda se precipita hacia mí, detrás de ella una boca abierta de inmensidad pretende tragarme. Muevo la palanca del asiento expulsor. Quedo inconsciente y sueño que un estruendo se apaga de inmediato ahogando todo sonido a mi alrededor. Sólo el aire en mis oídos silba una melodía ascendente hasta estallar en un paracaídas que abre al cobijo de la calma que me devolverá a tierra. Desde ahí, veo la densa bruma de mil antorchas diseminadas por el campo. En tierra el humo embriaga mi memoria y no recuerdo mi vida anterior, aunque ahora siento curiosidad. Ya despierto camino entre los restos del avión que aún están envueltos en tenues llamas buscando pistas que me lleven a reconocerme, porque en tierra estoy desprotegido y amenazado por mis temores.

“Analía”, la inscripción en el fuselaje me remonta a mi juventud temprana, en una imagen iluminada por la luz del fuego. Me veo con ella y Tobías, mi mejor amigo desde nuestra infancia, comiendo moras silvestres en los campos de un vecino y aventurándonos en el futuro incierto pero permanente de nuestros deseos. Ella se acerca un racimo a la boca incitándonos a uno y a otro a comer de ella, sumiéndonos en la incertidumbre de su amor por alguno de ambos, y terminando invariablemente con su hermosa risa negándonos a los dos.

La pintura se desvanece tras una bocanada de humo proveniente de otro sector del fuselaje que desprende parte de sí sobre el suelo. Aún me encuentro aturdido y me alejo un poco del fuego, pero no demasiado para seguir inquiriendo sobre mi historia.

El aire viciado me hace perder el conocimiento, y aparezco flotando en el estanque de mi juventud, junto con mis eternos amigos, Tobías y Analía. Han pasado algunos años, pero ella aún nos atrae a los dos por igual. Ellos están susurrando una vieja canción que se escuchaba en la radio por aquellos tiempos, sentados en las rocas aledañas a la orilla hasta que ella se pone de pie y quita su ropa hasta quedar desnuda por primera vez ante nuestros descontrolados ojos. Levanta sus brazos y se arroja al agua, nadando hacia mí con una gracia sin igual. Una vez aquí, me mira a los ojos con un destello de sol y de agua y una sonrisa semi diabólica, para luego darse vuelta ofreciéndome su adorable espalda y levantar su mano agitándola con la palma hacia Tobías, invitándolo a unírsenos. El no tarda en aceptar el reto desvistiéndose y zambulléndose en el lago cuando Analía me toma con fuerza por la cabeza, sumergiéndome y buceando en la profundidad del espeso estanque.

Tobías y yo nos desconcertamos en medio del agua cuando nuestra sirena emerge voluptuosa en la orilla, cubriéndose con nuestras prendas, las que recoge de las rocas, y con una vocecita burlona nos dice: -“Chau, chicos…Los veo en el pueblo”.

El viento lleva el humo hacia afuera del accidente y el aire limpio me despierta de mi adormecimiento. El recuerdo se repite fugazmente en mi cabeza hasta desaparecer, en lugar de completarse como hubiera deseado.

Miro hacia ambos lados buscando algún otro indicio y puedo ver una turbina jugueteando con el viento y el fuego que se extingue. Me pongo de pié con un poco de esfuerzo y voy tambaleándome hacia ella. No siento dolor alguno pero me siento mareado por el aire viciado. Bajo el fuselaje, la pequeña bodega deja entrever mi equipaje que asoma desde el interior. Lo retiro de allí y empiezo la búsqueda que justifique mi existencia. Coloco el bolso sobre unas piedras y me apresto a abrirlo, pero lo hago metódicamente, con una parsimonia que ayude a aventajar a mi imaginación, como esperando predecir que es lo que voy a encontrar en su interior. Empiezo deslizando el cierre de un bolsillo exterior, e introduzco mi mano lentamente. Saco un pequeño cuaderno de notas, lo abro y encuentro una fotografía en su interior, que muestra a Analía y a mí en nuestra boda, con nuestro amigo Tobías a nuestro lado, como padrino. Los tres estamos cruzando nuestras copas brindando por nuestra felicidad juntos por siempre. De pronto la imagen cobra vida y todo mi ambiente nublado se torna vívido y los colores se enaltecen asumiendo la festividad atolondrada de nuestras nupcias. Ella en su reluciente blanco cortejándonos en un baile ritual, flameando su vestido de encajes hacia uno y otro con la felicidad a cuestas, adornándonos con los cortantes diamantes de sus ojos y el perlado collar de su exultante dentadura, mostrando su alegría inconmensurable y descontrolada por sus labios, besando el borde de una copa del vino espumante que nos canalizó a todos en el final de la noche, sentados exhaustos en las hamacas del patio, para acompañar el mareo ocasionado por bailar borrachos. Tobías toma a Analía por la cintura y la eleva retirando su esbelto cuerpo de la tabla suspendida por cadenas del árbol, y la coloca a mi lado, como si fuera una muñeca y me dice:

-“Aquí te la entrego para que seas feliz, y la cuides por siempre”. Luego se sienta en un tronco caído, toma un cigarrillo como para que sus palabras pierdan solemnidad y continúa diciéndonos a ambos mientras lo enciende con un fósforo:

-“Saben que ustedes son la familia que nunca tuve, y nada me pone más contento que saberlos juntos, ahora que la patria me llama”.

Analía se acerca y lo hace ponerse de pie tomándolo por los hombros y le da un beso en la boca, para luego decirle:

-“Vos sabes que siempre seremos los tres y que vayas donde fueres, nuestro amor no tendrá fronteras y nos mantendrá juntos por siempre” En ese momento, el fotógrafo nupcial se acerca y nos pide tomarnos una foto, y el flash me vuelve a la realidad de hoy, con la imagen que se queda flotando en el papel de la fotografía, como desvaneciendo su movimiento hasta congelarse en su postura inicial, rompiendo el encantamiento del tiempo, que parece detenerse irremediablemente, pero sólo por un instante, mientras logro reaccionar y devolver la foto a su lugar en el cuadernillo que la contuvo hasta hace unos momentos. Paso mi dedo pulgar sobre el borde de las hojas de la libreta abanicándolas hasta detenerlas en una página determinada, donde se encuentra una carta de Tobías destinada a mi esposa. Sé que conozco su contenido, pero mi mente lo bloquea por algún motivo y no lo puedo recordar. Como en aquella ocasión me niego a leerla porque no está destinada a mí, y porque no deseo pasar por eso nuevamente. De todos modos, siento la necesidad de revelar un poco más de mi vida y continúo hurgando en los bolsillos exteriores del bolso, no sin antes volver la libreta y la misteriosa carta a su lugar en él. Introduzco la punta de mis dedos en un estrecho pliegue de cuero en el bolso y logro tocar un pequeño objeto metálico que retiro con un poco de dificultad. La esfera de un antiguo reloj de cadena se abre en mis manos con una inscripción en su cara interna:-“Juntos por siempre”.

La frase se repite en mi mente cíclicamente como un tiovivo, y en ese momento una nube oscurece el ambiente y el viento forma un remolino en torno a las atenuadas llamas del accidente, avivándolas un poco e iluminando mi cara con un aire maligno que desprende un aroma a fósforo embriagador. Mi mente se aclara por un instante y empiezo a recordar mi tiempo a solas con Analía, cuando nuestro matrimonio se transformó en tediosas tardes de melancolía y mecánicas noches de sexo y resignación. Todo mi pensamiento se vuelve sombrío y desesperado, hasta que decido agredirme aún más sacando nuevamente la carta del bolso y leyéndola histéricamente para mí mismo, con la esperanza de avivar el fuego que me consuma de una vez. Mientras empiezo a leer, la noche me descubre forcejeando con mi imaginación para reinterpretar lo que está escrito conforme me convenzo que no es cierto lo que pienso.

-“Querida Analía…” – (encabeza la carta)-”He pasado los últimos meses entre fuego de metrallas y pensamientos tortuosos sin saber qué final me deparará el destino. No resisto la idea de imaginarte en los brazos de otro hombre, aunque sea mi mejor amigo y yo te haya puesto allí. En un principio pensé que era lo mejor para los tres, debido a que fuimos felices juntos desde siempre, pero en la lejanía, siento que mi corazón está quebrado y difícilmente podré sobreponerme a esta desesperanza. Jamás me hubiera atrevido a escribirte esta carta si no fuera por la que recibí ayer de tu parte. La próxima semana termino con mi servicio y vuelvo a casa a reencontrarme con los míos, pero no se qué actitud debemos tomar en esta angustiante situación, sabiendo lo que sentimos por tu esposo, y que nos amamos.”

Releer la carta refresca mi memoria más allá de su contenido. Ahora puedo ver claramente lo que aconteció aquella noche, cuando fingí estar de servicio justo el día de su regreso. Cuando los descubrí compartiendo el amor que se habían guardado todos estos años, desnudos sobre nuestra cama y desbordados de culpa y desenfado ante la inobjetable certeza de su controvertida pasión.

Mi cabeza se nubla nuevamente y me bloqueo abruptamente, entre la aflicción y el sadismo, que me impide tomar conciencia de mi propia realidad.

Sé que la verdad está en mi equipaje pero me niego a descubrirla, un poco por miedo y otro por dolor.

En un arrebato de exaltación tomo el bolso con mis pertenencias y abro el cierre que me condena para descubrir el epílogo de mi desaliento. Introduzco mis manos en él y extraigo la cabeza ensangrentada de Analía, a la que observo con amor, le doy un beso en la boca y la coloco nuevamente en su interior. Hago lo propio con la cabeza de Tobías y le doy un beso en la frente.

Una tormenta se acerca y el viento aviva el fuego del accidente. Los restos del avión parecen unirse en una sola hoguera conformando un único fuselaje. Me levanto sujetando a mis dos amores en el bolso y camino hasta la cabina, donde me reencuentro con mi cuerpo, aún sentado en ella. Me introduzco en él, con la maleta en mis brazos, y el fuego nos envuelve a los tres, reiniciando el vuelo que nos llevará a casa, otra vez juntos para siempre.



Multitud

"Multitud" Ilustración de Ivo Makianich (Mi hijo), 2009

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Se balancea en el sillón de su escritorio con movimientos aleatorios, como si persiguiera el vuelo de una mosca, con la vista sumergiéndose en los diversos vericuetos del cielorraso o las paredes de su oficina, como si la idea jugara a las escondidas con él, y a él le gusta jugar.

En un estante de la biblioteca, algunos libros desordenados dibujan una figura con llenos y vacios producidos por alguna que otra estatuilla o vasija que ahora intenta garabatear en su block de notas, como si quisiera registrar el instante. Arroja el anotador sobre el escritorio y se vuelve a recostar en el sillón apoyando sus pies descalzos sobre la mesa, utilizándolos como una mira telescópica para revisar la habitación con más detenimiento. Descansa la vista en los colores de un cuadro colgado sobre la chimenea pero sin prestarle demasiada atención, pues lo conoce hasta el hartazgo. “Rolando Maure Publicidad”, escrito en letras de molde sobre un cristal, le recuerdan abruptamente que no está en su hora de descanso, y que necesita un concepto para antes que suene el teléfono… “-Suena el teléfono”. Se incorpora de un salto al mismo tiempo que toma el auricular.

-“Habla Marco…“ (Dice respondiendo al llamado) “ah, Rolando -¡Por supuesto que tengo algo! Aunque me gustaría contártelo cuando lo tenga un poco más pulido… Si, ehm… es sobre gente…” – le dice al teléfono mientras se acerca a la ventana a buscar algo que decir. –“Si (titubeando), trata acerca de mucha gente caminando en muchas direcciones, con distintas cosas en sus cabezas, compartiendo un mismo espacio…” (Se detiene y su rostro se ilumina como si al fin supiera exactamente que decirle a su jefe) – “No importa lo que ellos tienen en su mente…” (-dice con seguridad) “Bringspace.com lo contendrá”… Un largo y profundo silencio llega desde el teléfono apoderándose de la habitación, como el preámbulo de un terremoto hasta que sus rodillas empiezan a temblar. De pronto su rostro se relaja y una risita casi histérica se contiene hasta decir: -“Gracias Rolo”, pero aun tengo mucho por… (Al oír el tono cuelga el auricular) ¡Trabajar! –grita casi eufórico mientras se deja caer en su trono de triunfador, arremangándose y retomando su computadora con decisión pero sin apretar ninguna tecla. Repasa con la mirada todo el recorrido por la pared, el cielorraso, la biblioteca… (Intentando reconstruir su idea madre) hasta que llega al colorido cuadro y se bloquea nuevamente. Se recuesta en el sillón, se balancea y lentamente susurra… - “¡Que lo parió! “

Marco estuvo dormitando sentado más de una hora hasta que súbitamente se levanta y se dirige al ventanal, para ver la gente pasar unos pisos más abajo en la calle peatonal Florida. Un grupo de transeúntes se encuentra amontonado en torno a unos músicos callejeros y rápidamente, la estrechez de la calle motiva que la aglomeración creciera provocando el descontento de algunos que no pretenden quedarse a contemplar el espontaneo evento.

Entusiasmado busca el celular en su bolsillo y toma una serie de fotografías de la multitud, como si quisiera retener secuencialmente el momento hasta que por fin esta se disipa. De vuelta en su escritorio realiza las impresiones fotográficas, las que abanica sobre la mesa para analizarlas una por vez.

Se abre la puerta, y una hermosa joven se para en el umbral con los ojos cerrados y haciendo un ademán de tocar a la puerta en el aire: - “¿Marco, está visible?”

-“Hola Mara, siempre estoy visible para vos, aunque a veces es mi ropa la que no lo está”. -“Si, ya me advirtieron acerca de cuán poco pudorosos son los creativos en esta oficina”. (Contesta sarcásticamente)

-“Es que para ser creativo no hay como desnudarse de prejuicios…si querés podemos ponernos a crear algo juntos… Ponete cómoda… “(Replica Marco insistiendo en tutearla) -“No, gracias”, -dice Mara, pero esa no es la razón de mi visita. “Necesito que me haga una actualización de la cuenta Bringspace.com, si es que tiene algo armado”.

-“No, aun no”, (contesta seriamente) “aunque me podrías dar una ayudita, ya que estas aquí. Mira estas fotos y decime que ves”. Marco le entrega la fotos tamaño carta y se sienta reclinándose hacia atrás esperando su respuesta.

-“No sé, ¿hay alguien que debo reconocer entre esta gente?”

-“No se trata de eso, ¿no notás algo llamativo en la secuencia fotográfica? Las fotos fueron tomadas por espacios de un minuto aproximadamente”.

-“La Verdad, no veo nada irregular “(dice la joven convencida).

Marco se reacomoda en su sillón a la vez que toma las fotos de la mano de Mara, las observa por un momento y luego dice: “-Fijate que en todas las fotos, las personas están mirando en diferentes direcciones, porque venían caminando y la gran aglomeración de gente los detuvo…”

-“¿y?,”- dice Mara.

-“Al sacar las fotos distanciadas en el tiempo de una misma situación, se logra el efecto de confusión y paralización de diferentes poses en todas las fotos, pero con la característica de que en cada una de ellas se repiten las posiciones pero con diferentes personas…”

-“¡Ah!, ahora sí… Si no me explicas no pego un ojo en toda la noche” (Dice ella sarcásticamente).

Marco sonríe –“Te dije que aun no lo tengo pulido. ¿Qué tal si nos vemos la noche del sábado y te muestro los resultados?”

-“¡Eres incorregible!” (Exclama Mara tuteándolo mientras sale de la oficina negándose con un ademán)

Marco no se inmuta y continúa pensativo con los ojos puestos en las fotografías. Saca una grabadora de sonidos del cajón de su escritorio y comienza a dictar sus ideas. Mientras habla, se levanta del sillón y comienza a aflojarse la corbata y la camisa al mismo tiempo que se zambulle en el sofá que se encuentra cerca de la ventana para mirar la gente pasar y esperar la próxima aglomeración. No tarda en suceder y dicta: “Abril 22, hora 16:25”… “-La multitud se torna espesa y los cuerpos que se desplazan en diferentes direcciones empiezan a detenerse.” “Hombres y mujeres, en variados atuendos quedan atorados en una gran masa humana y muchos de ellos están enfrentados en un espacio reducido con una separación casi imperceptible.”

Marco hace un gesto de incrédulo asombro y continua narrando a su grabadora de mano: -“Algo extraño se percibe en esta situación, debido a que todas estas personas están invadiendo mutuamente su espacio personal, no obstante no acusan ningún tipo de expresión que denote incomodidad o molestia”.

-“A diferencia del caso de un ascensor…” (Continúa), “Muchos de ellos están enfrentados, lo que provocaría una actitud muy diferente a lo que puedo observar aquí.”

La gran masa humana comienza a desentramarse y cada transeúnte continúa su trayectoria hasta que la gran nube se disipa completamente y Marco deja de grabar. Luego se queda unos instantes pensativo hasta que se incorpora súbitamente, se calza, se acomoda la camisa, ajusta su corbata y se abalanza hacia la puerta, saliendo de la habitación a paso ligero por la oficina general. En su trayecto localiza a Mara que estaba parada conversando con un compañero de trabajo y sin detener su marcha, la toma de la mano y literalmente la arrastra tras sus pasos diciéndole: -“Vení, vamos a tomar un café… - ¡ah, y no es acoso… es trabajo! ” Mara con un gesto de estupor y una ligera sonrisa resignada, mira a su compañero mientras se aleja con Marco y le hace un ademan para saludarlo. Ya en marcha le insiste a Marco:”-¿trabajo?”

-“En realidad es un experimento, para el que necesito un testigo”, (le contesta mientras se para frente a la puerta del elevador casi vacío sin entrar). La puerta de otro coche se abre y puede verse que esta atestado de personas, posa su mano sobre la cintura de la joven y prácticamente la obliga a entrar delante de él, lo que ella hace encogiéndose de hombros, no solo como un gesto de asentimiento sino también como solicitando permiso para invadir el espacio personal del resto de los pasajeros en el ascensor.

Luego, y con mucha incomodidad ambos se posicionan mirando hacia la puerta como el resto de la gente que se hallaba en el interior. Ya en la planta baja, el reducido compartimiento estalla hacia la puerta al descomprimirse, y Marco toma de la mano a Mara con la clara intensión de impedir que la multitud los separe.

La entrada del edificio daba directamente a la peatonal Florida y al salir continuaron caminando hacia el embudo que se producía a mitad de la cuadra, donde se encontraban aquellos artistas callejeros, y ahora podía escucharse su música.

La pareja se detiene frente a ellos y Mara suelta la mano de Marco aunque se posiciona francamente a su lado. El flautista comienza a ejercer su encanto en el ambiente y rápidamente la gente proveniente de todas direcciones comenzó a agolparse, provocando un acercamiento poco usual, al punto que ya no quedaban intersticios entre las personas. La música los envolvió hasta que ya no se oía ningún otro sonido, y el golpeteo de los corazones comenzó a aunarse en un ritmo único y desquiciado como si proviniera de un solo organismo alienígena. El calor del mono cuerpo se empieza a sentir y pareciera que todo el grupo pierde el conocimiento, hasta que por fin, la maraña empieza a destramarse lentamente y los cuerpos comienzan a desvincularse del extraño organismo.

Marco, ya repuesto toma la mano de Mara pero una voz diferente a la de ella exclama:

“-Oiga… ¿Qué cree usted que está haciendo?”.

Al ver que la dama en cuestión no es Mara, Marco suelta su mano abruptamente, y casi sin disculparse, gira la cabeza buscando a su compañera con evidente preocupación pero no logra ubicarla. Busca infructuosamente en todas direcciones por lo que decide volver hacia la oficina. Al principio no repara en que la joven de su confusión vestía exactamente igual a Mara pero poco después se percata de ello, y voltea a mirarla, pero ya había desaparecido entre la multitud.

Ya en la puerta del edificio saluda al portero quién le devuelve el saludo, aunque no con mucha convicción. Le sucede lo mismo cuando intenta bromear con un colega que subía en el ascensor colmado al que esta vez decidió no abordar. Las puertas espejadas de éste se cierran y por fin descubre, en su reflejo… que él ya no es Marco.