domingo, 21 de junio de 2009

Un vuelo al desasosiego

“Desasosiego” Electrografía Digital, Luis makianich, 2009

Safe Creative #0906013758924

La velocidad es como un bálsamo para mi pasado. Me siento aturdido de mis desvelos por el tiempo que ha pasado desde que lo abandoné todo. Estoy en la cabina de un jet, comandando mi vida por primera vez, haciendo de mi futuro un pretérito de cielo que me estalle en el rostro en cada instante de mi aliento. Mi existencia es líquida en estado de transformación constante hacia lo etéreo. Dejando mi pasado atrás pretendo no saber qué fue de mí, borrando con mi estela gaseosa los recuerdos hasta hoy sólidos. La mente me cierra hacia el presente de mi parabrisas, ávido de vida que devora la sustancia de lo que va a venir en un tiempo tan instantáneo como mi acelerador se lo propone. Mis alas, como la extensión de mis hombros quiebran el aire de la respiración de mi pasado, para impedirle la vida a mi memoria, que me persigue muy cerca. La consola de instrumentos me sugiere atemperar la aceleración, pero mis sentidos están enfrascados en una misión atroz, que da vueltas en mi cabeza hasta convertirse en un huracán, que atrapa los sedimentos de mi vida pasada, mezclándolos hasta fusionarlos en un único cuerpo del delito, que pueda ocultar en mi equipaje.

El horizonte es tan lejano como mi altitud, y ambos son cómplices de mi sosiego. Decido en consecuencia volar bajo, para acentuar la sensación de velocidad. Al pasar por la barrera de nubes me siento cobijado de todo recuerdo insano que me perturba. Me agrada esa sensación. Es como empezar de nuevo con mi vida, como un recién nacido a la aventura de volar, sin prejuicios ni ataduras. Sin temor a lo desconocido por no saber de nada y sin pena por ignorar padecimientos. La sensación me estimula a la premura y la avidez por conocer lo que vendrá me vuelve a la locura. Acelero.

Las nubes desaparecen en un flash y una densa arboleda se precipita hacia mí, detrás de ella una boca abierta de inmensidad pretende tragarme. Muevo la palanca del asiento expulsor. Quedo inconsciente y sueño que un estruendo se apaga de inmediato ahogando todo sonido a mi alrededor. Sólo el aire en mis oídos silba una melodía ascendente hasta estallar en un paracaídas que abre al cobijo de la calma que me devolverá a tierra. Desde ahí, veo la densa bruma de mil antorchas diseminadas por el campo. En tierra el humo embriaga mi memoria y no recuerdo mi vida anterior, aunque ahora siento curiosidad. Ya despierto camino entre los restos del avión que aún están envueltos en tenues llamas buscando pistas que me lleven a reconocerme, porque en tierra estoy desprotegido y amenazado por mis temores.

“Analía”, la inscripción en el fuselaje me remonta a mi juventud temprana, en una imagen iluminada por la luz del fuego. Me veo con ella y Tobías, mi mejor amigo desde nuestra infancia, comiendo moras silvestres en los campos de un vecino y aventurándonos en el futuro incierto pero permanente de nuestros deseos. Ella se acerca un racimo a la boca incitándonos a uno y a otro a comer de ella, sumiéndonos en la incertidumbre de su amor por alguno de ambos, y terminando invariablemente con su hermosa risa negándonos a los dos.

La pintura se desvanece tras una bocanada de humo proveniente de otro sector del fuselaje que desprende parte de sí sobre el suelo. Aún me encuentro aturdido y me alejo un poco del fuego, pero no demasiado para seguir inquiriendo sobre mi historia.

El aire viciado me hace perder el conocimiento, y aparezco flotando en el estanque de mi juventud, junto con mis eternos amigos, Tobías y Analía. Han pasado algunos años, pero ella aún nos atrae a los dos por igual. Ellos están susurrando una vieja canción que se escuchaba en la radio por aquellos tiempos, sentados en las rocas aledañas a la orilla hasta que ella se pone de pie y quita su ropa hasta quedar desnuda por primera vez ante nuestros descontrolados ojos. Levanta sus brazos y se arroja al agua, nadando hacia mí con una gracia sin igual. Una vez aquí, me mira a los ojos con un destello de sol y de agua y una sonrisa semi diabólica, para luego darse vuelta ofreciéndome su adorable espalda y levantar su mano agitándola con la palma hacia Tobías, invitándolo a unírsenos. El no tarda en aceptar el reto desvistiéndose y zambulléndose en el lago cuando Analía me toma con fuerza por la cabeza, sumergiéndome y buceando en la profundidad del espeso estanque.

Tobías y yo nos desconcertamos en medio del agua cuando nuestra sirena emerge voluptuosa en la orilla, cubriéndose con nuestras prendas, las que recoge de las rocas, y con una vocecita burlona nos dice: -“Chau, chicos…Los veo en el pueblo”.

El viento lleva el humo hacia afuera del accidente y el aire limpio me despierta de mi adormecimiento. El recuerdo se repite fugazmente en mi cabeza hasta desaparecer, en lugar de completarse como hubiera deseado.

Miro hacia ambos lados buscando algún otro indicio y puedo ver una turbina jugueteando con el viento y el fuego que se extingue. Me pongo de pié con un poco de esfuerzo y voy tambaleándome hacia ella. No siento dolor alguno pero me siento mareado por el aire viciado. Bajo el fuselaje, la pequeña bodega deja entrever mi equipaje que asoma desde el interior. Lo retiro de allí y empiezo la búsqueda que justifique mi existencia. Coloco el bolso sobre unas piedras y me apresto a abrirlo, pero lo hago metódicamente, con una parsimonia que ayude a aventajar a mi imaginación, como esperando predecir que es lo que voy a encontrar en su interior. Empiezo deslizando el cierre de un bolsillo exterior, e introduzco mi mano lentamente. Saco un pequeño cuaderno de notas, lo abro y encuentro una fotografía en su interior, que muestra a Analía y a mí en nuestra boda, con nuestro amigo Tobías a nuestro lado, como padrino. Los tres estamos cruzando nuestras copas brindando por nuestra felicidad juntos por siempre. De pronto la imagen cobra vida y todo mi ambiente nublado se torna vívido y los colores se enaltecen asumiendo la festividad atolondrada de nuestras nupcias. Ella en su reluciente blanco cortejándonos en un baile ritual, flameando su vestido de encajes hacia uno y otro con la felicidad a cuestas, adornándonos con los cortantes diamantes de sus ojos y el perlado collar de su exultante dentadura, mostrando su alegría inconmensurable y descontrolada por sus labios, besando el borde de una copa del vino espumante que nos canalizó a todos en el final de la noche, sentados exhaustos en las hamacas del patio, para acompañar el mareo ocasionado por bailar borrachos. Tobías toma a Analía por la cintura y la eleva retirando su esbelto cuerpo de la tabla suspendida por cadenas del árbol, y la coloca a mi lado, como si fuera una muñeca y me dice:

-“Aquí te la entrego para que seas feliz, y la cuides por siempre”. Luego se sienta en un tronco caído, toma un cigarrillo como para que sus palabras pierdan solemnidad y continúa diciéndonos a ambos mientras lo enciende con un fósforo:

-“Saben que ustedes son la familia que nunca tuve, y nada me pone más contento que saberlos juntos, ahora que la patria me llama”.

Analía se acerca y lo hace ponerse de pie tomándolo por los hombros y le da un beso en la boca, para luego decirle:

-“Vos sabes que siempre seremos los tres y que vayas donde fueres, nuestro amor no tendrá fronteras y nos mantendrá juntos por siempre” En ese momento, el fotógrafo nupcial se acerca y nos pide tomarnos una foto, y el flash me vuelve a la realidad de hoy, con la imagen que se queda flotando en el papel de la fotografía, como desvaneciendo su movimiento hasta congelarse en su postura inicial, rompiendo el encantamiento del tiempo, que parece detenerse irremediablemente, pero sólo por un instante, mientras logro reaccionar y devolver la foto a su lugar en el cuadernillo que la contuvo hasta hace unos momentos. Paso mi dedo pulgar sobre el borde de las hojas de la libreta abanicándolas hasta detenerlas en una página determinada, donde se encuentra una carta de Tobías destinada a mi esposa. Sé que conozco su contenido, pero mi mente lo bloquea por algún motivo y no lo puedo recordar. Como en aquella ocasión me niego a leerla porque no está destinada a mí, y porque no deseo pasar por eso nuevamente. De todos modos, siento la necesidad de revelar un poco más de mi vida y continúo hurgando en los bolsillos exteriores del bolso, no sin antes volver la libreta y la misteriosa carta a su lugar en él. Introduzco la punta de mis dedos en un estrecho pliegue de cuero en el bolso y logro tocar un pequeño objeto metálico que retiro con un poco de dificultad. La esfera de un antiguo reloj de cadena se abre en mis manos con una inscripción en su cara interna:-“Juntos por siempre”.

La frase se repite en mi mente cíclicamente como un tiovivo, y en ese momento una nube oscurece el ambiente y el viento forma un remolino en torno a las atenuadas llamas del accidente, avivándolas un poco e iluminando mi cara con un aire maligno que desprende un aroma a fósforo embriagador. Mi mente se aclara por un instante y empiezo a recordar mi tiempo a solas con Analía, cuando nuestro matrimonio se transformó en tediosas tardes de melancolía y mecánicas noches de sexo y resignación. Todo mi pensamiento se vuelve sombrío y desesperado, hasta que decido agredirme aún más sacando nuevamente la carta del bolso y leyéndola histéricamente para mí mismo, con la esperanza de avivar el fuego que me consuma de una vez. Mientras empiezo a leer, la noche me descubre forcejeando con mi imaginación para reinterpretar lo que está escrito conforme me convenzo que no es cierto lo que pienso.

-“Querida Analía…” – (encabeza la carta)-”He pasado los últimos meses entre fuego de metrallas y pensamientos tortuosos sin saber qué final me deparará el destino. No resisto la idea de imaginarte en los brazos de otro hombre, aunque sea mi mejor amigo y yo te haya puesto allí. En un principio pensé que era lo mejor para los tres, debido a que fuimos felices juntos desde siempre, pero en la lejanía, siento que mi corazón está quebrado y difícilmente podré sobreponerme a esta desesperanza. Jamás me hubiera atrevido a escribirte esta carta si no fuera por la que recibí ayer de tu parte. La próxima semana termino con mi servicio y vuelvo a casa a reencontrarme con los míos, pero no se qué actitud debemos tomar en esta angustiante situación, sabiendo lo que sentimos por tu esposo, y que nos amamos.”

Releer la carta refresca mi memoria más allá de su contenido. Ahora puedo ver claramente lo que aconteció aquella noche, cuando fingí estar de servicio justo el día de su regreso. Cuando los descubrí compartiendo el amor que se habían guardado todos estos años, desnudos sobre nuestra cama y desbordados de culpa y desenfado ante la inobjetable certeza de su controvertida pasión.

Mi cabeza se nubla nuevamente y me bloqueo abruptamente, entre la aflicción y el sadismo, que me impide tomar conciencia de mi propia realidad.

Sé que la verdad está en mi equipaje pero me niego a descubrirla, un poco por miedo y otro por dolor.

En un arrebato de exaltación tomo el bolso con mis pertenencias y abro el cierre que me condena para descubrir el epílogo de mi desaliento. Introduzco mis manos en él y extraigo la cabeza ensangrentada de Analía, a la que observo con amor, le doy un beso en la boca y la coloco nuevamente en su interior. Hago lo propio con la cabeza de Tobías y le doy un beso en la frente.

Una tormenta se acerca y el viento aviva el fuego del accidente. Los restos del avión parecen unirse en una sola hoguera conformando un único fuselaje. Me levanto sujetando a mis dos amores en el bolso y camino hasta la cabina, donde me reencuentro con mi cuerpo, aún sentado en ella. Me introduzco en él, con la maleta en mis brazos, y el fuego nos envuelve a los tres, reiniciando el vuelo que nos llevará a casa, otra vez juntos para siempre.



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