domingo, 28 de junio de 2009

Tiovivo

“Caballos Azules” Electrografía de Luis Makianich, 2009

Safe Creative #0906294063526

El cielo de los caballos debe ser un tiovivo. Cada vuelta rememora sus hazañas en la tierra de los hombres, que los admiran e imitan como a ángeles maravillosos. Su espíritu los anima a pensar como héroes y a comportarse como tales desde el mismo instante en que sus almas se conectan. Los azules ojos de Pablo están extasiados de ellos desde que de niño los descubrió en aquella calesita donde su brío lo contagió y mostró su entusiasmo a saltitos con una sonrisa enorme dibujada en su cara. Su abuelo lo ayudó a montarlo como ahora él ayuda a su nieto Joaquín a hacer lo propio. El anciano Pablo se acomoda en una banca de la plaza a verse a sí mismo corporizado en Joaquín dar las vueltas de la vida, orgulloso del corcel que lo llenara de gloria. La expresión de su rostro en un nuevo circuito le recuerda la suya cuando nació su hija Melisa, y creyó ser el hombre más feliz de la tierra cuando la tuvo en sus brazos. Y en el siguiente giro descubrió los ojos de su esposa que desde los de Joaquín le lloran su alegría por tan emocionante evento. Su cansado corazón le suplica durante todo el perímetro saborear un galope más de su tan placentera vida y poder ver por otra vuelta su propia alegría reflejada en su rostro, pero esta vez el sol está un poco fuerte y lo adormece sobre la banca, que por alguna razón está mucho más placentera, y el tiovivo decide aminorar su marcha acompañado por la música que parece también anestesiarse al compás de sus cabalgaduras que trotan su celestial arribo. Pablo vive su última y gloriosa vuelta elevando su espíritu montando un hermoso caballo azul que lo llevará hasta su nueva banca, desde donde podrá contemplar a su heroica familia de corceles, girando magníficos por siempre.

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